Para asegurarnos y perpetuar una fuente de sufrimiento, solo tenemos que seguir buscando ahí fuera. Perseguir la felicidad, el éxito o la calma a través de logros, reconocimiento, dinero o el simple deseo de que lo que nos rodea sea diferente, nos conducirá irremediablemente al desastre. A un bucle infinito que solo puede producir frustración, tristeza, desesperación, miedo, desilusión, rechazo, culpa… Creo que ya sabes de qué hablo.
Somos esclavos de lo que ocurre en el mundo y en nuestra propia mente. Y creemos que nuestro estado interno mejorará al cambiar lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Nos pasamos la vida intentando modificar la realidad para que se adapte a nuestra limitada manera de ver y entender el mundo. Eso implica que cualquier cosa que buscamos no se encuentra ni aquí ni ahora. Porque siempre algo debería mejorar. Siempre alguien debería comportarse “correctamente”.
Estamos programados y adiestrados para pensar de esta manera tan ineficaz. Sin embargo, también poseemos la capacidad de observar y cuestionar para advertir la locura que supone. Para empezar, porque las expectativas que nosotros mismos nos generamos son, por naturaleza, cambiantes e inalcanzables, por lo que solo pueden conducirnos a un aparente bienestar. ¿Cuánto duró la última vez que tuviste la ilusión de haberlo encontrado? Tarde o temprano, bien por miedo a que nos arrebaten la causa de nuestra felicidad o bien porque encontramos otro objetivo que perseguir, llegará el siguiente aspecto que no esté en orden. Los conflictos están siempre presentes con diferentes disfraces, pero un denominador común: no son portadores de nuestra verdadera dicha. Y la consecuencia es obvia: se nos escapa la vida sin hallar ese estado ideal. Nuestros supuestos problemas no se evaporan. Ningún estado de euforia o alegría permanece. ¡Hemos convertido toda nuestra vida en una lucha y un sacrificio sin fin!
Si nos diéramos cuenta de todo lo que hemos pasado por alto en esa continua y estéril búsqueda, tal vez comenzaríamos por otro sitio. Por ejemplo, por valorar y disfrutar cada momento y cada proceso. Sin objeciones ni juicios. Y es que es evidente que nada de fuera nos traerá paz.
Pero las experiencias que nos han tocado y las que hemos elegido nos ofrecen un constante aprendizaje. Y, por el momento, seguiremos teniendo oportunidades por delante. Por consiguiente, llegados a este punto y con las anteriores reflexiones presentes, puede que lo más lógico y natural sea tratar de invertir la dirección de nuestro esfuerzo y comenzar a mirar dentro de nosotros/as mismos/as. Darnos la oportunidad de descubrir un refugio ahí nos permitirá vivir de otra forma, independientemente de toda la incertidumbre y caos que nos rodea. Un lugar de invulnerabilidad que no se rige por todo el ruido que genera nuestra mente. Un lugar de calma, de equilibrio.
Si nos damos el permiso de intentarlo, probablemente sintamos un cierto desorden interior. Es un mundo nuevo, totalmente desconocido. Surgirán preguntas: ¿Y si no hay nada que perseguir? ¿Y si todo lo que nos hemos estado contando es falso? ¿Y si lo que creemos que tiene sentido en realidad carece de él? ¿Y si el origen de nuestra pena y desilusión procede de nuestra resistencia a aceptar lo que nos toca vivir en cada momento? Es más, ¿y si la persona que hemos estado construyendo todo este tiempo es una mentira y no tiene razón de ser?
A cada uno/a de nosotros/as le brotarán sus propias dudas. Y, aunque pueda resultar doloroso y escape, en un primer momento, a nuestra comprensión, la respuesta real a todas ellas es “no pasa nada”. De verdad que no pasa nada.
Tal vez todo nuestro trabajo simplemente esté en aceptar y llegar a entender que la plenitud solo está aquí, en este momento. Y que no hay nada más.
Parar y empezar a contemplar nos abrirá a la posibilidad de percibir nuestras circunstancias de formas que ni siquiera imaginamos. Entre otras cosas, nos brindará la oportunidad de salir del bucle infinito de deseo y angustia, nos elevará por encima de eso que catalogamos en nuestra cabeza como “problema” e incluso nos dé la oportunidad de volver a construir la persona que queremos ser desde otro lugar. ¿Quién sabe?
Tener la certeza de que no hay nada que alcanzar, que solo hay que descubrir aquello que siempre hemos sido, es un alivio. Es liberador. Un milagro. ¿Merece la pena? Tú decides. Hagas lo que hagas estará bien. NO PASA NADA.
Yo te animaría a descubrirlo. Siempre.
Nada será suficiente hasta que comprendamos que no lo necesitamos.
Brilla en paz.

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