n

 

Es cierto y real que ha sido un año lleno de aprendizajes que me acompañarán el resto de los que me queden por delante. Pero no pretendo hacer un balance convencional. Ha sido un punto de inflexión y ruptura en muchos sentidos. Siento que he profundizado en mi propio conocimiento, que vivo más consciente, que he aceptado y perdonado muchas cosas, que estoy empezando a compartir y que, de alguna manera, he comprendido y reparado mi inmadurez y disfuncionalidad emocional. Aunque eso daría para otro texto (y no precisamente breve). Y podría destacar experiencias como la boda de dos de mis mejores amigos, nuevas amistades, participar en una exposición, viajes, formaciones, conversaciones inspiradoras, inversiones…

Pero si tengo que quedarme con las circunstancias que han significado un desafío mayor y que me han conducido a la transformación más extraordinaria serían: dejar el trabajo y la lesión de rodilla.

En enero me rompí el ligamento cruzado. Unos meses después, concretamente en mayo, me recuperaba de la operación. En ese período decidí finalmente dejar el trabajo tras una larga baja. Un trabajo en una gran empresa y después de 16 años. Todavía caminaba con muletas, así que nada me impedía continuar de baja. Pero no lo hice. Y esa decisión me cambió la vida. Comenzar en ese punto cambió todas y cada una de mis prioridades de la noche a la mañana. Ya no existía la opción de volver a mi trabajo. No podía recurrir a la satisfacción que me ofrecía el deporte.

La primera resonancia, la segunda, la fecha de la operación…  Todo pasaba lento y, a pesar de intentar que no se notara la desilusión que me acompañaba las primeras semanas, el revés fue duro. Me enfadaba y me jodía a partes iguales. A veces me invadía la rabia, otras, me bloqueaba y me entristecía. Emocionalmente me dejó tocada. Pero no hundida. Así que no solo lo asumí, sino que no me permití sentir autocompasión. La superación es condición humana y me aferré a ella con uñas y dientes.

Estar obligada a parar me empujó a seguir conociéndome e indagar (otra vez) en mis prioridades, en aquello que realmente quería. Solo quedaba buscar nuevos caminos. Y eso es lo que hice. A pesar de que siempre me he hecho preguntas, por primera vez, fueron acompañadas de acción. Una acción que pasaba, como he dicho, por dejar mi actual empleo. Pero también por irme a vivir cerca del mar, recuperarme al cien por cien y volver más fuerte y comenzar un proyecto personal en el ámbito laboral.

No puedo decir que 2024 haya sido un año fácil, pero sí que ha sido un gran maestro. Ha acelerado un proceso que probablemente me hubiera llevado mucho más tiempo, esfuerzo y quebraderos de cabeza. Me ha obligado a tomar decisiones importantes. Me ha ofrecido intensas enseñanzas, superación, fortaleza y paciencia. Me ha enseñado a trascender frustraciones y miedos. Me ha hecho valorar ciertas cosas que daba por hechas. Me ha demostrado que no todo sale como planeamos y que por ello hay que abrazar el presente y saber soltar las riendas. Cada vez confío un poquito más. Y, por último, me ha hecho un regalo realmente valioso: ponerme a prueba. Sin duda lo necesitaba.

A día de hoy, a punto de terminar el año, hago ejercicio, a pesar de haber pasado por altibajos en la recuperación. Soy capaz de sentir cansancio físico, una sensación que había olvidado. Quiero pensar que estoy construyendo algo bonito que llevaba mucho tiempo dentro. Valoro y disfruto más de este trayecto que ahora sí, siento haber elegido.

Sé que todo lo que ha pasado ha sido con el único propósito de hacerme reaccionar, de despertar de verdad. Porque a veces la vida nos da ese último empujón y, si sabemos usarlo a nuestro favor, nos llevará a lugares que ni siquiera imaginamos. Y, aunque al principio me pareciera una putada, ahora solo puedo albergar gratitud y paz en mi corazón.

Y a seguir, porque esto no para.

2024… Adiós y gracias.


¿Te ha gustado?

Suscríbete

* indicates required

También te puede gustar

Sin comentarios