n

 

Me ha costado llegar a aceptar que los conceptos de vida e incertidumbre son inseparables. Primero me vi obligada a indagar en cómo la mente construye un mundo diminuto y una idea limitada de nosotros mismos para que en ese pequeño espacio se desarrolle toda nuestra existencia. Y cómo, después, se aferra de forma salvaje a ello, a lo conocido, ofreciéndonos una sensación de seguridad que no es real. Finalmente nos convencemos del engaño. Eso nos hace forzar una y otra vez lo que creemos que tiene que permanecer igual, generando a la vez una aversión irracional al cambio, que acabamos percibiendo como una amenaza que nos conducirá a la pérdida. En este punto la resistencia es total y no tiene sentido plantearnos salir de ahí.

¿Por qué no preguntarnos si el cambio nos puede proporcionar algún tipo de beneficio, si nos puede hacer crecer o evolucionar? Tal vez este sea un punto de vista más práctico y funcional. Al fin y al cabo, estamos condenados a la transformación, tanto externa como interna. Y sí, conlleva incertidumbre. Pero la elección de seguir como estamos y convencemos de que “no estamos tan mal”, a la larga, es más dolorosa. Porque si ya ha surgido esa chispa que nos impulsa a cuestionarnos algo, probablemente vaya cogiendo fuerza con el tiempo, por mucho que intentemos acallarla. Seguir como estamos y renunciar a posibles alternativas es una opción que cada vez nos incomoda más. Ignorarla es lo que nos impide ver las oportunidades que hay detrás de esa incertidumbre que rechazamos.

He vivido mucho tiempo así. Hasta el punto de retener personas y circunstancias desastrosas para mí. En mi caso, el cambio se produjo súbitamente. Sin tiempo para prepararme o asimilarlo y acompañado de una profunda crisis. Inevitable, pues anteriormente había desoído muchas veces todos esas “chispas”, evadiéndome como podía. Pero no tiene por qué ser así. Puede ser una experiencia más armoniosa. Sobre todo si viene de una elección personal consistente: si todo cambiará tarde o temprano,  con o sin nuestro consentimiento, mejor poder elegir.

¿Y qué pasó? Lo de siempre: nada. Al final la vida sigue. No para. ¿Y qué me aportó? Un camino sinuoso lleno de oscuridad que a la larga se convirtió en luz. En evolución. En progreso. En más paz. En un entendimiento más amplio de lo que soy y de lo que es la vida. Me aportó el impulso necesario para llegar a ser una persona más completa y más consciente.

Aceptar que la inseguridad nos acompaña siempre, estemos donde estemos, y que no podemos controlar el futuro, sino prepararnos para afrontarlo de la manera más óptima, nos hace más fuertes y más resistentes. Nos libera.

Lo que he aprendido es que todo es más sencillo cuando asimilamos que la vida es fugaz y está en continua y silenciosa transformación. Aun cuando no la percibimos. Que a veces hay ciclos que ya han cumplido su propósito. Que es posible abrazar la incertidumbre que tanto nos perturba. Al fin y al cabo, nuestra existencia no tendría sentido si conociéramos de antemano cada acontecimiento. Al negar la transitoriedad de la vida estamos negando, en última instancia, su magia.

Nuestro último cambio en este plano será la muerte. Mientras, juguemos a este juego. Para eso estamos aquí.

Brilla.


¿Te ha gustado?

Suscríbete

También te puede gustar

Sin comentarios