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Me preguntaba por dónde comenzar. Cuál podría ser el tema apropiado para esta primera publicación y con qué fotografías podría acompañar el texto. De qué manera sería conveniente estructurarlo y qué contenido exacto tenía que abarcar. También la extensión adecuada. Volvía a plantearme demasiadas cosas, a exigirme un resultado sublime antes siquiera de empezar. Me encontraba en un bucle: pensar, planear, organizar y controlar todo. Cuando aparté de mi mente todo lo relativo a la forma, al envoltorio y a todas las exigencias y expectativas, lo vi claro. Al alejar todos esos pensamientos de mí, brotó la respuesta. Nítida e inequívoca. Del único lugar del que puede surgir algo verdadero. Un sencillo proceso de simplificación para llegar a lo elemental. Ahí estaba, exactamente detrás del punto de parálisis en el que me encontraba y que tantas y tantas veces había experimentado. La única diferencia es que, en esta ocasión, decidí impulsarme en él y no usarlo como excusa.

Precisamente por ser la causa de no haber comenzado antes, me ha parecido buena idea escribir sobre ello: cómo la búsqueda de la perfección nos inmoviliza y nos impide expresar(nos), sustentada por su fiel aliado, el pánico al juicio.

No nos creemos dignos de compartir nuestra creatividad, nuestras ideas, emociones, experiencias, conocimientos o sabiduría, nuestro propio arte. Continuamente estamos envueltos en una espiral de comparación de la que siempre resultaremos perdedores. No hay salida. Dejamos que los estándares que nos imponemos (sean internos o externos) nos detengan y nos aparten del camino. La idea de perfección, tan ilusoria como falsa, nos reprime y somete nuestra voluntad, nuestra imaginación, nuestra esencia, para después sumirnos en el letargo y conducirnos directos a la inacción y la apatía.

¿Cuál es la razón por la que no puedes ofrecer al mundo un escrito sin ser una maestra de la escritura? Es posible que nunca llegues a serlo. O sí. ¿Qué más da? ¿Hay algo que te impida pintar o mostrar tu pintura por no ser comparable a la de Caravaggio? Rotundamente no.

¿Acaso tenemos menos derecho a hacerlo porque nuestras cualidades sean juzgadas desfavorablemente? No, no y no. Es absurdo incluso que se nos pueda pasar por la cabeza semejante sinsentido. ¿Es que nuestro propio juicio y el veredicto de los demás puede hacernos sentir un fraude? Nosotros decidiremos el grado de daño que nos provocará eso. No serás un fraude a no ser que lo creas y mantengas esa idea en la cabeza. Todo depende de ti. Eso sí, solo si actuamos desde el miedo experimentaremos el fracaso. Porque en realidad no existe tal cosa. Sin duda, desvincularnos de ese concepto nos empujará hacia delante.
¿Será porque nos asusta y amedrenta lo que seremos capaces de conseguir? Es posible que nos resistamos a eso que podamos llegar a ser. Eso acojona. Pero sería triste no intentarlo por temor a descubrir nuestro potencial y nuestra grandeza interior.

¿Por qué entonces deberíamos arriesgarnos? Por una motivación superior. Esa que debería guiarnos y empujarnos en todo momento: mostrar al mundo nuestra creación. Eso que se te ha concedido y que ha salido del tu corazón. Nuestra misión tendría que consistir en descubrir, destapar, exponer y permitir que pueda llegar al corazón de otro ser humano para que lo admire, inspire, proporcione ayuda o consuelo o, simplemente lo contemple o interprete. Cualquier cosa es válida, incluida la indiferencia. Desconocemos qué será capaz de despertar en el interior de otra persona. Por ello debemos entregarnos en el proceso, vaciarnos y dejarlo ahí. Sin más pretensiones.

¿Qué ocurre si no llega a nadie? ¿Qué sucede si nuestro mensaje es ignorado? Nada. No se acaba el mundo y mañana volverá a amanecer. Pero voy más allá. Incluso sin tener ningún alcance, estamos obligados a hacerlo. Dar sin temor, sin lucha ni vergüenza nos hará mejorar. Nos conducirá hacia el crecimiento y la sensación de plenitud. Es un gesto de humildad, de amor y de profunda generosidad. Implica valentía y, ante todo, aceptación. Nos aceptamos. Y a la vez reconocemos que no todo está en nuestras manos. Lo celebramos. Y abrazamos la liberación que nos produce tal comprensión. Hemos aniquilado el miedo. Porque sentir que hemos dado forma a eso que llevábamos dentro, es el regalo más grande. El único fin es expresar lo que has venido a expresar. Sea cual sea el medio o el canal que elijas para hacerlo. Ese es el verdadero éxito, la gran victoria. Asimilar este proceso por completo y hacer un pequeño cambio en nuestra percepción, lo cambia todo.

Si nos atrevemos a asimilar esto, dispondremos de un poder colosal e infinito. Un poder disponible para todos nosotros. En todo momento. ¡Confía en él y úsalo!

A día de hoy puedo decir que aceptar mis inseguridades, mis bloqueos y resistencias, es lo que da sentido a todo lo que hago. El mismo acto de crear, entregar y compartir aporta significado y propósito. Me permite mostrar mi manera de ver la vida. Y, aunque siempre quedará camino por delante, este es el primer paso de muchos. Dicen que obtendrás aquello que entregues, que aprenderás aquello que enseñes.

Esto es una alabanza a nuestra humana y perfecta imperfección. Es lo que somos, lo que nos une y, por ello, lo que estamos obligados a ofrecer.

Brilla en paz.


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